El PSOE renovado en la transición. 1972-1978

Autor: 
Luis C. Hernando
 
Martes, 18 de Marzo 2013, 18.30hrs
Sala 515b, Departamento de Historia Contemporánea de la UNED
Edificio de Humanidades, planta 5ª
C/ Senda del Rey, 7. Madrid
 
En 1970 se inició renovación de las organizaciones socialistas, un proceso necesario para transformar unas organizaciones conformadas para la supervivencia en la intemperie del exilio en un partido y sindicato capaces de competir por el poder. Este proceso implicó principalmente el trasvase de las direcciones al interior de España, el paso de la clandestinidad a una extraña situación de alegalidad, el relevo de los viejos exiliados —mayoría en la dirección— y la profunda revisión de los presupuestos políticos del socialismo español. Dentro de ese proceso, a pesar de su papel esencial hasta aquel momento, el debate respecto a la forma de gobierno perdió gran parte de la relevancia que había tenido hasta el momento. Desde 1947 el PSOE ante la lucha de legitimidades monárquica y republicana, había defendido un gobierno provisional sin signo institucional definido y que sometiese a ambas a plebiscito. Ése plan se había convertido en el núcleo de la política socialista y en la cuestión que definió tanto las relaciones del partido con otras fuerzas de la oposición al franquismo, como las luchas mantenidas entre los socialistas, fuesen exiliados o clandestinos. Esa importancia se perdió durante la renovación. La cuestión institucional, que había generado numerosas disputas y crisis desde 1944, l no fue la que detonó la situación que daría paso a la renovación. Ese protagonismo lo recibió otra vieja cuestión, que había suscitado hasta entonces mucha más unanimidad: el veto a las relaciones con los comunistas. La razón es fácil de entender: para los jóvenes la colaboración con los comunistas era la vía que llevaba a una acción antifranquista mucho más intensa que una cuestión que, en definitiva, vendría dada por las circunstancias.
El congreso del PSOE de 1970 y especialmente el de la UGT de 1971 demostraron la creciente debilidad del liderazgo decenario de Rodolfo Llopis. En 1970, éste pudo mantener la Secretaría General, pero para ello hubo de asumir una derrota que conllevó el primer paso de renovación: los clandestinos, por primera vez fueron mayoría en la dirección del PSOE. Esto conllevó el rechazo a la anterior estrategia de alianzas, dirigida hacia la derecha de los socialistas y que había obtenido magros resultados durante los sesenta, a favor de unas relaciones más amplias que aprovechasen las mesas democráticas que se formaban en el interior y que recogían a la mayor parte de los grupos de la oposición. La traba los viejos exiliados ponían a esa posibilidad era la necesidad de colaborar con los comunistas, que ya estaban representados en la mayoría de las mesas. La solicitud oficial del interior para participar en las reuniones de la oposición del interior fue negada por Llopis, pero dividió al resto de la Ejecutiva. Ante esa indecisión la cuestión fue relegada al próximo congreso del PSOE. Llopis, consciente del problema que se fraguaba, recurrió a la táctica de retrasarlo, a la espera de que los ánimos se calmasen. Sin embargo, se encontró con la presión no sólo de los socialistas del interior, sino que estos fueron apoyados por numerosos socialistas veteranos, especialmente de la importante Federación Vasca, que creían que había llegado el momento del cambio. Entre ambos consiguieron que la opción contraria a Llopis triunfase, manteniendo la convocatoria del congreso para el temprano agosto de 1972. [...]