La cultura como Prometeo colectivo: PSOE, Solana y política cultural

Autor: 
Giulia Quaggio
Martes, 5 de Marzo 2013, 18.30hrs.
Sala 619, Departamento de Historia Contemporánea de la UNED
Edificio de Humanidades, planta 6ª
C/ Senda del Rey, 7. Madrid

 

Introducción: La transición del PSOE y el campo de la cultura

A la hora de analizar los cambios e inercias – unos y otras se dieron en gran número – que caracterizaron la Transición española, es ya una costumbre entre los investigadores destacar la profunda transformación ideológica y social experimentada por la izquierda española, particularmente por el Partido Socialista Obrero Español. A principios de los años ochenta, el Partido Socialista, que un lustro antes aún se autodefinía, con arrebolado lenguaje, marxista y revolucionario, había moderado radicalmente sus atributos. El partido se presentaba ahora ante el electorado como una fuerza capaz de dirigir un proceso reformista, una agenda de progreso de clara inspiración socialdemócrata. Como señaló Gillespie, la transición del PSOE se puede interpretar como el paso de un «reformismo revolucionario» a un «reformismo democrático» que perseguía consolidar y modernizar la joven democracia.
Por este camino, que podemos calificar de reestructuración, el PSOE se hallaba en la antesala de un éxito electoral sin precedentes. Los protagonistas de semejante éxito formaban la nueva generación de dirigentes socialistas, aquellos que, tras el Congreso de Suresnes, en 1974, socavaron la rigidez táctica y doctrinal de un partido que, en el exilio, se mostraba cada vez más anquilosado. Felipe González, Alfonso Guerra y los demás jóvenes militantes aportaron a la histórica formación fundada por Pablo Iglesias las dosis necesarias de una nueva forma de entender la política, que tenía como modelo la izquierda europea contemporánea más refractaria al centralismo burocrático de inspiración soviética.
Se trataba de una generación nacida durante la Guerra Civil, o inmediatamente después, cuya formación había tenido lugar dentro de las asfixiantes estructuras educativas franquistas vigentes en los años del boom económico, crecida políticamente entre el impulso disidente del PCE, el catolicismo progresista, las innovaciones ideológicas de la nueva izquierda y las protestas del movimiento estudiantil.
Las cafeterías humeantes de un Colegio Mayor, el cine italiano y francés de vanguardia, las estéticas jipi y beat, pero también, a otro nivel, la penetración de los nuevos electrodomésticos americanos, junto con la protesta de los profesores no numerarios o la reforma educativa de 1970, constituyeron los heterogéneos referentes culturales de una juventud que, desde la etapa final de la dictadura, venía colaborando con revistas y editoriales progresistas, pudiendo aprovechar, además, las enseñanzas de los no demasiados buenos maestros, a menudo antiguos exponentes de la dictadura, como Dioniso Ridruejo y Joaquín Ruiz Giménez o líder de la oposición universitaria, como Enrique Tierno Galván, que el vetusto sistema educativo español ofrecía por entonces. [...]